3/11/2007

Nuestro dinero ya no sirve para comprar cosas, de hecho ya no queremos las cosas, sino aquello que las “cosas” implican.

¿Sabes? algo esta cambiando, si no lo crees detente un momento y reflexiona acerca de los cambios que se han producido en actividades habituales...

Comer en un restaurante ayer era escoger status o gastronomía,
Hoy es explorar, vivir o trasladarse.
Planear unas vacaciones ayer era escoger un destino,
Hoy significa “escapar” , “ponerse a prueba”, “vivir una aventura” o “crecer interiormente”.
Ir al cine ayer era escoger una “estrella” o un género,
Hoy significa vivir un “centro de entretenimiento”
Tomar un café ayer era sencillamente Tomarse un café,
Hoy tomar un café o un helado es “un escape de la rutina de la vida”.

En definitiva, parece que todos los ámbitos del marketing de consumo tienden a orientarse a proporcionar experiencias y no solo productos tangibles y materiales.

algo está pasando en tu salón.

¿Pero qué componentes definen esta “experiencia”?

Una “experiencia” implica...
La participación e involucración individual en el consumo.
Un estado o actitud implicada física, mental, social y espiritualmente.
Un cambio de conocimientos, habilidades, recuerdos y emociones derivado de la participación.
La percepción consciente de haberse encontrado, perseguido o vivido algo a través de una actividad o evento.
Un esfuerzo dirigido a satisfacer una necesidad psicológica o interna del participante.

Y en pocas palabras, para los que nos alimentamos de una cultura de lo “material”,
la diferencia fundamental es que antes un producto o servicio apelaba a una necesidad tangible o física, mientras un “experiencia” hoy apela a necesidades internas de orden psicológico.

La industria de las experiencias crece porque aumenta la demanda de satisfacciones psicológicas.

¿A qué obedece el gran crecimiento de las experiencias como parte integral de la economía? Algunas razones pueden ser :
Los avances de la ciencia y tecnología .
Porque cambia nuestro marco de expectativas y posibilidades. Incluso nos libera de condicionantes físicos y funcionales. Y como sabemos bien, llegan a generar nuevas necesidades.
También los cambios demográficos son factores de cambio.
Hoy disfrutamos mayores expectativas de vida.
Experimentamos “convivencia” generacional.
Se llega a hablar de la modern maturity.
Hoy han cambiado, definitiva y seguramente por fortuna, las estructuras familiares y los roles de los sexos.
Y a nadie se le escapa, por ejemplo, la pre-eminencia de los hijos en los nuevos patrones de familia.
Y es que los cambios demográficos provocan cambios en la jerarquía de “necesidades internas” y nuevas demandas de experiencias para satisfacerlas.

Por otra parte la evolución económica y el cambio en el patrón de sociedad productiva y de consumo contribuyen, muy significativamente, a que el desarrollo de las sociedades tienda a minimizar la importancia de las necesidades físico-funcionales.
Cada vez son mayores los excedentes orientados a satisfacer necesidades de rango superior.
Algunas variables económico-sociales son factores que activamente contribuyen o expresan esa orientación:
La vivienda.
Los vehículos.
El equipamiento electrónico.
Las horas por semana trabajadas.
Las vacaciones disponibles.
El nivel educativo de la población.
La media de ingresos familiares.

Ya ninguno podemos calificarnos de normales, porque patrones de estilos de vida diversos conviven en el tiempo y el espacio:
Y es que se está produciendo una diversificación de los patrones o modelos de vida definidos no por aspectos físico-funcionales sino por preferencias psicológico-actitudinales.

Estas diferencias son causa y efecto de productos y servicios que contribuyen a definir tipologías de estilos de vida.
Así mismo estas diferenciaciones en los patrones de estilos de vida acentúan las diferencias en los modos de satisfacer las necesidades psíquicas.
Una diversidad de expectativas que hace emerger poderosamente una industria de las experiencias.

Y como consecuencia de los cambios estructurales se producen cambios en los sistemas y en las “culturas”.
Por que las valoraciones sobre trabajo, familia, individuo o “corporalidad” se han transformado.
Por que la liberación de dependencias físicas o materiales contribuye a cambiar el rango y jerarquía de los valores.

En definitiva, el crecimiento de las necesidades psíquicas está operando un cambio de prioridades que genera cambios en las expectativas psicológicas.

Apreciar estos cambios, siendo parte y en ocasiones causa de ellos es difícil. Podría llegar a ser frustrante. Estas transformaciones son evidentes, pero si se descontextualizan pueden parecer quimeras, digresiones, tendencias ambiguas y poco consolidadas. Ciertamente el consumidor sigue “valorando”, es decir, buscando optimo “good value”. Y es racional, práctico y funcionalista, incluso cínico en su discurso. Pero no es mucho menos cierto que muchas de sus decisiones y pautas de valoración están alimentadas por expectativas que hace algún tiempo nos parecerían sofisticadas o al menos más complejas. La realidad no es fácil de explicar, ni de acotar, no está perfectamente dibujada sobre el paisaje de las evidencias tangibles y cuantificables. Pero lo cierto es que parece parte de esa realidad que no podemos juzgar, al menos cada vez menos, las decisiones el consumidor por el contenido material de sus actos de compra, sino por las experiencias que emanan de esos actos de compra. Y también es cierto, que infundir o potenciar un aporte o contenido de experiencia objetiva o subjetiva enriquece o da valor.

¿Es así de fácil? o ¿Comer ya no es (solo) comer?