3/26/2008

Mi amigo Mustafa

Mustafa es un fenómeno. De hecho no parece real. Lo observo en la pantalla entonando incomprensibles “coplas” y no me doy cuenta que es real. Como reales son las matronas que le jalan con frío entusiasmo.
Pero está en televisión. Es por tanto un fenómeno mediático. Interesa. Congrega a una audiencia y seguramente dentro de unas décadas formara parte de una realidad que se observará con curiosidad y sorpresa.


Mustafa es por un momento señor hertziano. Realmente está condenado a un rincón de la programación. En un canal que atiende los gustos de masas de población rural y tradicionalista.
Es una imagen y una voz.
Pero me demuestra que el medio, esa poderosa televisión, tal vez no sea más que un espejo. Un reflejo de la realidad, pero no una realidad transformadora.
Vengo de un tiempo en el que el dominio monopolístico de los medios hizo concebir que estos pudieran ser instrumentos de transformación. Pero hoy voy de aquí para alla y muchas realidades mediáticas (ciertamente fragmentarias y “minoristas”) son bastión de fenómenos profundos.
Tengo muchos amigos Mustafas. Algunos son neocons que se aferran a concesiones de radio y televisión. Otros explotan la añoranza posible de un regreso imposible. Todos se aferran a los medios. Pero cogidos de las crines de estas nuevas quimeras nada cambian.
Hay muchos Mustafas. Alli y acá.
Acabemos con el sueño benefactor de que los medios que catalizan el cambio y el progreso.